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viernes, 12 de noviembre de 2010

1.486-1.542.- ¿Quién fue Alfonso de Segura?

1.486-1.542.- ¿Quién fue Alfonso de Segura? (Dñª. Teresa Jiménez Calvente, Doctora en Filología Clásica por la Universidad de Alcalá de Heneras)


Teresa Jiménez Calvente
- Licenciada en Filología Clásica (Univ. Autónoma de Madrid), julio de 1990.
- Doctora en Filología Clásica (Univ. de Alcalá), diciembre de 1995
Universidad de Alcalá
Departamento de Filología

http://www.departamentofilologiauah.com/profesorado_latina_tcalvente.htm

Artículo: "La Oratio ad Alfonsum Aragoneum de laudibus et pontificatus et regni diligentissime eius gubernatione de Alfonso Segura, discípulo aventajado y escritor en ciernes", eHumanista 5 (2005), pp.48-95 (revista en formato electrónico).

http://www.ehumanista.ucsb.edu/volumes/volume_05/articles/Jimenez.pdf


2. ¿Quién fue Alfonso Segura o de Segura?
No sabemos muy bien cuántos años tenía con exactitud Alfonso Segura cuando se acercó a Marineo en Zaragoza en el verano de 1508, aunque en la ep. VI 4 dice tener 22 años; de ser exacta esa edad, cabe suponer que Segura había nacido ca. 1486. Tampoco sabemos con certeza cómo se llamaba en realidad, pues ese apellido Segura con que rubrica sus cartas no es más que un cognomen, un nombre postizo de acuerdo con la costumbre propia de la época de buscar un apodo latinizado que tuviera resonancias más nobles. Según sus propias palabras (ep. IV 10), había nacido in ulteriori Hispania Illiberritano regno prope in conspectu o, en otras palabras, en Jaén, cerca de Segura de la Sierra; ahí está el origen de su nombre, pues a pesar de ser oriundo de Villa Rodrigo prefirió servirse de un topónimo más noble, suave y breve (a nobiliori...aut suaviori et magis brevi), según el ejemplo de Virgilio también llamado el Mantuano pese a provenir de la aldea de Andes (además de este ejemplo clásico que el propio Alfonso aduce, bastaría recordar los casos de Nebrija, quien adopta el topónimo latino de su Lebrija natal, y del propio Lucio Marineo, apodado Sículo). Tras sus primeros estudios en su pueblo natal, Alfonso Segura dice haber estudiado en la recién inaugurada Universidad de Alcalá de Henares al lado de los maestros Alfonso de Isla (ep. XV 5 y XVI 5) y Hernando Alonso de Herrera (ep. X 1), lo que plantea algún problema, pues es bien sabido que la Universidad de Alcalá abrió sus puertas de manera oficial en 1508. Posiblemente, antes de esa fecha, ya existía el germen de esos estudios reglados desde que el Cardenal Cisneros sentó las bases de su fundación y recibió la bula papal en 1499.

Precisamente, Lucio Marineo escribió a Herrera para comentarle cuánto le había impresionado ese joven Segura que se declaraba discipulus Ferdinandi Herrariensis y Siculum cognoscendi percupidus, con quien había mantenido una interesante conversación sobre la lengua latina y sobre las partes del discurso y de la Retórica. Gracias a aquella primera conversación en Zaragoza, en julio de 1508 (nonis Quintilibus), Marineo se forjó una determinada imagen del joven, del que dice que “no es testarudo, como la mayoría, ni ambicioso, sino no menos deseoso de aprender que de disputar”. Además de estos datos ofrecidos por Marineo, el propio Segura expresa, en una carta enviada a Marineo al día siguiente de su encuentro, su admiración por el erudito, del que destaca su extraordinaria humildad (ep. V 19).

En ese mismo escrito, le manifiesta su deseo de tomarlo como maestro y guía, por lo que le pide que, en adelante, le perdone por sus frecuentes preguntas (quaestiunculae), pues es consciente de su tendencia a hablar demasiado (garrulitas); por lo demás, sólo quiere mostrarle que ve en él un modelo que imitar y que aspira a parecerse a él (una idea que se repite sin cesar en toda la correspondencia que Segura dirigió a Marineo, como las ep. V 19, 20 o VI 2).

Esas primeras cartas reflejan el extraordinario entusiasmo de Segura y sus enormes ganas de aprender (“cuando te escribo no busco alabanzas sino que deseo correcciones” [ep. V 21, 3]); del mismo modo, se percibe la ilusión de Marineo por haber encontrado un discípulo leal, alguien a quien formar y en quien dejar alguna huella: “Me felicito y me considero no poco feliz porque me ha tocado en suerte tal amigo y discípulo” (ep. VI 1, 1). El joven Segura intentó poner en práctica aquellas primeras enseñanzas dictadas por Marineo, en las que se le aconsejaba cultivar su ingenio a través del ars, la imitatio y la scribendi exercitatio. De este propósito nació un primer ejercicio retórico, una Vita Lucii, una verdadera laudatio compuesta según los preceptos del género epidíctico, donde el perfil biográfico se adorna con un perfil moral (las virtutes o dones intrínsecos, según las palabras de Cicerón en su De oratore); entre éstas, volvía a destacar la extrema humildad, morigeración y el amor desmedido por el estudio del siciliano, con lo que Segura trazaba una completa semblanza de Marineo de acuerdo con el renovado género de las laudes poetarum. Abrumado ante tantos elogios, Marineo, como buen maestro que hacía gala de su humildad, le aconsejó en su carta de respuesta (ep. VI 3) que escogiera como modelos de imitación y como temas para componer elogios a otros eruditos de más talla, como Marco Antonio Flaminio, quem ego (quod sine invidia dictum velim) et omnium qui sunt hodie longe doctissimum sapientissimumque iudico. Ante aquella propuesta, Segura insistió de nuevo en la superioridad de su maestro y en su firme propósito de convertirse en sincero cultor de su nombre (ep. VI 4).

Otras veces, sus epístolas reflejan sus dudas sobre algunas de las lecturas recomendadas por su admirado Marineo, como en el caso de la Miscellanea de Poliziano, obra que le parecía un tanto difícil (ep. VI 5 y 6); en otro momento, le comenta que, siguiendo su consejo, ha adoptado a Cicerón como modelo absoluto para sus escritos (ep. IX 21, 5): Ciceroni ante alios, si quid reliquum est temporis, me totum dedo tuum consilium secutus. Pero, las más de las veces, Segura habla de sentimientos, de afecto y admiración, algo que se repite también en las cartas que envía a otros amigos.

En estas y otras ocasiones, desde los primeros encuentros, Marineo se sintió responsable de su joven discípulo y quiso guiar sus pasos para que pudiese afianzar su posición dentro del círculo de sus poderosos amigos en Aragón, como Gaspar Barrachina, secretario del arzobispo de Zaragoza, Antonio Ronzoni, secretario del Cardenal de Santa Sabina, o Juan de Alagón, mayordomo del arzobispo. Antes de conocer a Marineo, Segura ya había tenido acceso a algunos de estos personajes, como el poeta alcañizano Juan Sobrarias, cuyo opúsculo De laudibus Alcagnicii (1506) se abre precisamente con una carta de Segura, en la que éste le felicita por su obra, una oratio que califica como elegans et culta, copiosa et gravis, summo etiam artificio tertio quoque verbo conscripta. Tampoco faltan ahí elogios hacia los poemas incluidos tras el discurso, que denotan, en opinión de Segura, una mano capaz de componer, si tuviera tiempo suficiente, una nueva Eneida u otra Farsalia; por ese motivo, le desea que encuentre pronto un Mecenas que le redima de la dura tarea de dar clases (Utinam essent Mecenates ut te ab istaprofessione docendi redimeres!). Con amigos como éste, a Segura no le debió resultar muy difícil acceder al italiano, por el que ese grupo de eruditos aragoneses mostraba una gran admiración (basta recordar los numerosos poemas que Sobrarias dedicó a Marineo dentro del opúsculo antes mencionado).

La preocupación de Marineo por el bienestar de su discípulo le llevó a hablar de él en los círculos cortesanos, donde cada vez era más frecuente contratar los servicios de un joven maestro de gramática para hacer las veces de tutor o maestro de primeras letras. En el epistolario de Marineo, podemos leer varias cartas de Segura a algunos cortesanos para granjearse su amistad.

Todas ellas obedecen a un mismo patrón, el de la carta de presentación, con la que el joven, protegido por el escudo de su maestro, verdadero instigador de las misivas, solicita la amistad y el apoyo de sus corresponsales; así, escribió en dos ocasiones a Luis Sánchez, tesorero de los Reyes Católicos (ep. VII 11 y 12); a Juan Ruffo, arzobispo de Cosenza y nuncio papal (ep. V 8); a Pedro Mártir de Anglería (ep. XVI 17), al que le pide que “le incluya en el número de sus amigos”; a Antonio Mudarra (ep. XII 8) y Diego Ribera, obispo de Mallorca (ep. XI 20). De esos contactos surgió una nueva oportunidad para el joven, que se convirtió en tutor de Juan de la Caballería, miembro de una importante familia de conversos de la Corona de Aragón, hecho que tuvo lugar al poco de conocer a Marineo, quien se encargó de las presentaciones (scis, te auctore, Ioannem Cavalleriam, adolescentem probum, superiore anno fuisse mihi discipulum [ep. XIII 7]). Esta relación fue de vital importancia para Segura, que se trasladó junto a su pupilo a Lérida para iniciar los estudios de Derecho. Antes de tomar esa decisión, Segura también quiso recabar el apoyo de su querido Gaspar Barrachina, secretario del arzobispo de Zaragoza, a quien le pidió consejo ante esa crucial decisión. Éste en más de una ocasión se había mostrado favorable a esa decisión, según le expone a Marineo en la ep. XIII 9, 2: [Segura] se da cuenta de las injustas costumbres de nuestro tiempo: en otras palabras, todos los hombres importantes de España y, para ser sinceros, los ricos de cualquier sitio suelen sentir por los elocuentes sólo admiración, pero es a los jurisconsultos a quienes confieren prebendas, riquezas y dignidades.

Ya en el Estudio General de Lérida, durante el curso 1509-10 y 1510-11, Segura refleja en su correspondencia su terrible frustración al comprobar que ha de dejar sus aspiraciones literarias para volcarse en una disciplina que, a pesar de no ser de su agrado, le auguraba mayores emolumentos. Su desesperación se incrementó cuando el joven Caballería enfermó de fiebres cuartanas y tuvo que abandonar las aulas durante un largo periodo, justo en el momento en que su iuris ediscendi aviditas estaba más encendida (ep. XII 14). Fueron meses duros de retiro en Alcañiz, sobre todo durante el verano y el otoño de 1510, en los que Segura pensó tirar la toalla, según expone en repetidas ocasiones a Marineo (ep. XII 16, XVI 9) y a Barrachina (ep. XII 14); este último le aconsejó no dejarse vencer por la adversidad, pues los estudios de Derecho reportaban grandes honores y beneficios (ep. XII 15). Sus continuas quejas y angustias llevaron a Marineo a proponerle una nueva salida profesional: convertirse en el preceptor de los hijos del célebre Palacios Rubios, iurisconsultus et Ferdinandi regis consiliarius (ep. XIII 10). Marineo muestra una vez más su espíritu solícito, deseoso siempre de ayudar a su dilecto discípulo: “nunca he dejado de pensar, de dar vueltas e incluso de hacer la corte para encontrarte alguna posición cómoda y honesta que te librara de la preocupación de tener que buscarte el sustento con esfuerzo, y que no fuera un obstáculo para el avance de tus estudios”. Sin embargo, Segura rechazó este ofrecimiento porque su aceptación suponía dejar a Juan de la Caballería en un momento delicado (ep. XIII 11): “nunca me permitiré parecer ingrato a mi señor Francisco de la Caballería, que, además de su buen talante, siempre me ha tratado con humanidad y benevolencia”. Pero detrás de esa negativa había algo más, según le sigue explicando Segura a Marineo, pues Juan de la Caballería, al mejorar su salud, había decidido trasladarse a la Universidad de Salamanca para continuar allí su formación. En ese caso, Segura podía recalar en el centro universitario más famoso de España y, desde luego, él no iba a desaprovechar la oportunidad (ep. XIII 11). Así, tras dejar las aulas de Lérida, Segura y Caballería se trasladaron a Salamanca, donde llegaron en octubre de 1511, el día 21 para ser más exactos; en la primera carta que Segura escribe a Marineo desde allí, se muestra contento y entusiasmado (ep. XII 13): “a mí este ímpetu, la variedad de gentes y de situaciones me gusta en parte; pero, lo que más me agrada son estas clases eruditas y tan concurridas que parecen atrapar los ánimos como si se sirvieran de tiernos halagos. Por eso espero que, si me va bien, con mi tesón voy a obtener un buen provecho”. En medio de esta euforia, Segura escribió también a Nebrija e incluso fue a visitarlo, según le comenta al propio Marineo (ep. XII 13). Tampoco se olvidó de su anterior maestro, Alfonso de Isla, al que escribió una misiva para darle cuenta de su nueva situación y para pedirle que le escribiese alguna vez (ep. XVI 5). En Salamanca, se inicia una época dorada para Segura, quien cada vez se muestra más contento con sus progresos en el ámbito del Derecho y, por supuesto, en el de las letras.

De entonces data su amistad epistolar con Juan de Vergara, que en aquel momento cursaba estudios en la Universidad de Alcalá. Una vez más, debemos a Marineo y a su amistad con Segura la conservación de esas cartas cruzadas entre los dos jóvenes. Sin duda, Segura, satisfecho de sus logros y de su capacidad de establecer una relación sólida con el prometedor Vergara, mostró esas cartas a Marineo, que decidió hacerles un hueco en la recopilación de misivas que preparaba para la imprenta. Esas once cartas están incluidas en los libros XIV y XV del epistolario (XIV 9, 10, 11, 12, 13, 14 y XV 2, 3, 4, 5 y 6) y pueden fecharse en torno a 1512; en ellas, Segura, deslumbrado por el talento de su corresponsal, trató de imitar su estilo epistolar.

Hasta ese momento, el joven discípulo de Marineo había modelado sus misivas a partir de una imitación consciente de Cicerón, aunque su prosa no fluyera con tanta elegancia como la de su modelo. Marineo le había insistido en la importancia de la imitatio del célebre orador latino y en la consiguiente exercitatio. Una y mil veces, Segura escribió sus misivas con el recuerdo consciente de la forma y el contenido de las epístolas ciceronianas. Las lecturas le habían hecho concebir un determinado tipo de relación entre amigos, entre discípulo y maestro, que reflejaba las enseñanzas incluidas en el De amicitia ciceroniano (a este respecto, no hay que olvidar que éste fue uno de los diálogos de Cicerón más exitosos en la España del momento, según ha puesto de relieve Gómez Gómez [1988, 98; 2000, 103]). Sin embargo, hay que admitir con Lynn (239) que el latín empleado por Segura resultaba un tanto farragoso (“the labored wordiness of the young aspirant”). A pesar de los elogios y alabanzas de su maestro, Segura no deja (o tal vez no logra) que su verbo fluya sin obstáculos, quizás porque quiere decir muchas cosas a la vez y su ímpetu juvenil se manifiesta en su escritura (talis homini fuit oratio....). Esa búsqueda de un estilo propio, correcto y elegante, se plasma en las cartas que dirigió a Juan de Vergara, unas cartas más extensas de lo habitual (con lo que se contravenía la máxima de la brevitas), en las que se aprecian nuevas lecturas y horizontes. Tras una breve carta de presentación (ep. XIV 9), en la que Segura expone sus ideas sobre la amistad y se declara amigo de Bernardino Tovar, hermano de Vergara, su corresponsal contestó con una elaborada misiva, compuesta como un ejercicio retórico en el que la amplificatio era la clave: a la propuesta sencilla de Segura de plantar los cimientos de su amistad, basada en el amor mutuo de las letras (“he oído que eres uno que estudia y entiende de letras con elegancia y conocimientos” [ep. XIV 9]), Vergara responde con alambicada modestia que no es digno de tanta atención y le promete que “por mi parte no habrá nada que pueda hacer vacilar esos cimientos de nuestra amistad, que tú dices haber echado, solidísimos incluso cuando se planten sobre arenilla”.

A partir de ahí, su correspondencia se convierte en un juego en el que cada uno intenta sorprender a su corresponsal, que ha de descubrir en el otro referencias, ecos e imágenes provenientes de distintas fuentes; en medio de ese juego, Segura le habla de sus estudios de Derecho, que no le dejan tiempo ni para respirar (ne puncto quidem temporis respirare concedunt), por lo que se escuda en esa “lacra” para explicar sus posibles errores (ep. XIV 11).

En todas esas cartas, Segura admite sin ambages la superioridad de su amigo, cuya erudición le asombra e incluso intenta reproducir. Frente a esa dedicación suya tan odiosa a las leyes, Vergara representa para él el ideal de joven erudito (en el momento de escribir estas cartas rondaba los 20 años) que dedica todo el tiempo a su formación intelectual, lejos de cualquier visión pragmática.

En estas circunstancias, Vergara se duele de que su amigo se tenga que emplear ad tetrica ista legum involucra (ep. XIV 12 3), cuando con su talento podría devolver a las Musas su prístino esplendor (conclamata Musarum studia in genuinum nitorem et pristinam integritatem tuae unius litteraturae beneficio et opitulamine reviviscerent).

Desde luego, estas palabras hicieron mella en Segura, quien promete en su respuesta que, pase lo que pase (incluso en el supuesto de que todos los jurisconsultos se opongan), nunca defraudará las expectativas de su admirado corresponsal (ep. XIV 13, 5): nunquam commitam ut contra officium, vel omnibus iureconsultis repugnantibus, expectationem tuam defraudem. Este tono galante y lleno de erudición caracteriza toda la correspondencia entre Segura y Vergara.

Aquí, podemos ver a un Segura más maduro intelectualmente, siempre dispuesto a amoldarse a las exigencias de su corresponsal, a quien pretende agradar y sorprender. Los vínculos creados son los propios de la amistad erudita, que gusta de compartir intereses e inquietudes intelectuales; así, la escritura de cartas se convierte en un ejercicio de práctica literaria y, por su calidad estética, en un regalo para su corresponsal. Además de las cartas, Vergara envió a Segura un breve opúsculo con una descriptio de la ciudad de Alcalá de Henares para que lo leyese y corrigiese (ep. XV 4, 2). Por supuesto, Segura se mostró encantado con el texto, que, según sus palabras, le traía el recuerdo illius temporis cum merebam sub Ferdinando Herrariensi....et priore Isla (ep. XV 5, 1). Tras elogiar la obrita de Vergara, Segura no correspondió a su amigo con otro escrito a vuelta de correo, escudándose como siempre en su dedicación a las leyes. Esta intensa correspondencia y amistad incipiente se interrumpe en la ep. XV 6, una carta de tono jocoso, verdadera broma que sólo pretende mostrar el afecto que, hemos de suponer, unió a ambos jóvenes.


3. La Oratio ad Alfonsum Aragoneum de laudibus et pontificatus et regni diligentissime eius gubernationis.

Aparte de las cartas dirigidas a Vergara, el texto más extenso que conservamos de Segura es su discurso en honor de Alfonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza (1470-1520): la Oratio de laudibus et pontificatus et regni diligentissime eius gubernatione, que ha de ser fechada en 1509, según se indica en una de las cartas que preceden al discurso. Dicha oratio se nos presenta como un ejercicio quasi escolar compuesto, entre otras cosas, para mostrar sus conocimientos sobre los tópicos literarios propios del genus demonstrativum. Al igual que en su Vita Lucii Marinei Siculi, incluida en el epistolario de Marineo junto con la carta de envío (ep. VI 2),3 Segura compone aquí una encendida laudatio del hijo bastardo de Fernando el Católico, verdadera mano derecha del soberano en Aragón. En una de las cartas que acompañan el envío de esta oratio, fechada el 30 de abril de 1509, Segura afirma que Marineo fue el instigador del discurso; a él debemos también su conservación, pues el italiano no dudó en incluirlo junto a sus propias orationes para formar junto a sus epístolas, sus dos opúsculos eruditos (De verbo fero y De Parcis) y sus dos libros de poemas el volumen de los opera editados en Valladolid en 1514. La Oratio ad Alfonsum Aragoneum aparece después de los cuatro discursos de Marineo, algunos de los cuales ya habían sido editados previamente por el propio erudito italiano. Como nota curiosa cabe destacar que el discurso de Segura va precedido por tres cartas, dos de Segura y una de Marineo, en las que se presenta la oratio y se comentan algunos aspectos literarios de la misma. Esas misivas inducen a pensar que el discurso no fue en realidad pronunciado viva voce sino que fue concebido desde el principio como un texto escrito, apto para ser leído en público o en privado; de hecho, en la carta de Segura al propio arzobispo, el joven discípulo de Marineo se presenta al prelado, le avisa del envío del discurso y, fiel a su habitual modestia, le pide perdón por su atrevimiento (conatus).

Desde esta perspectiva, se podría hablar largo y tendido sobre la proximidad entre epístolas y orationes, sobre todo en el caso de algunas cartas y discursos compuestos para agasajar a elevados personajes, un género que Marineo cultivó en numerosas ocasiones. En su epistolario encontramos abundantes ejemplos que ponen de manifiesto el excelente manejo de los recursos retóricos por parte de este antiguo profesor de Retórica y Poesía durante doce años en la Universidad de Salamanca. Por lo demás, el tono elevado y siempre encomiástico de estas pequeñas piezas laudatorias encajaba bien en un contexto cortesano, en el que el autor de tales ejercicios pretendía medrar, según se pone de manifiesto en numerosas cartas. Antes de publicar su epistolario completo, el propio Marineo había compuesto cartas de este tenor que vieron la luz en Sevilla, ca. 1498-99: son sus Carmina et epistolae. Aquí se insertaba una epístola dirigida al Duque de Medina Sidonia, en la que se recordaban sus hazañas y las de sus antepasados.

Curiosamente, esta epístola, que en dicha edición sevillana iba acompañada de unos versos, volvió a ver la luz, aunque no con rúbrica de carta sino de oratio, en la edición de 1514. Del igual manera, este tipo de composiciones encomiásticas encuentran acomodo en las obras historiográficas del italiano, que utilizó estos breves panegíricos para completar sus semblanzas y elogios de los illustres viri españoles tanto en su De Hispaniae laudibus (Burgos, ca. 1496) como en el De rebus Hispaniae memorabilibus (Alcalá de Henares, 1530).4 De hecho, Marineo, tras su De Hispaniae laudibus, siempre soñó con publicar una obra formada únicamente por elogios, a la manera de los Claros varones de Castilla de Pulgar,5 según le señalaba al Cardenal Cisneros en una carta incluida en sus Carmina et epistolae, en la que le indica que había conocido viri...qui vel bellicis in rebus vel liberalibus disciplinis ac sanctissimis moribus et christianae religionis caerimoniis adeo clare sancteque se gerunt ut eorum fama et egregia facinora non silentio quidem, sed vatum et oratorum praeconiis potius digna videantur.

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